Te extraño y no estás. Miro la
hora en el trabajo, me quiero ir, no estás. Respiro y no estás. No te encuentro en el auto, no te
encuentro en Whatsapp, no te encuentro en el gimnasio ni te encuentro en
Netflix.
Solo me topo una y otra vez, haga
lo que haga, con tu ausencia. Con la falta de tu voz, con mi deseo desesperado,
exagerado quizás, de besarte. De verte y de tocarte. De decirte lo mucho que te
extraño y me está entristeciendo vivir sin vos. Mi día a día sin vos, un día a
día que empezó ayer y hoy ya no soporto más
Siento que las cosas cotidianas
de a poco, sutilmente, van perdiendo el sentido. No me importa mucho si me como
toda la heladera, tampoco si dejo de comer. Si voy o no voy hoy al gimnasio. Si
las perras tomaron la medicación o no, si cocino o no empanadas, si lavo los
platos o dejo que la montaña de desorden desborde la pileta de la cocina.
Leí conversaciones viejas
nuestras, esas de cuando nos peleábamos. Son de octubre, pero parecieran más
lejanas. Será que este año también se me está pasando a los pedos como el
anterior. Me estremeció recordar lo mal que la pasé, lo mal que creo que vos
también la pasaste todo ese tiempo que estuvimos peleados sin encontrarnos.
Nos leí cuando hablábamos durante
el “tiempo” que nos dimos. Recordé el dolor, las noches de lágrimas silenciosas
y falta de aire. Recordé las ganas de escapar y la huida. Me empezó a doler la
panza como me dolió aquella noche horrible en tu pieza.
Pero más allá de todo, me gustó lo que leí. Hay una frase puntual que recuerdo que me escribiste, y por eso llegué hasta esas conversaciones, buscando esa frase: “…y me doy cuenta porque te fuiste hoy y me faltaba todo”.
Así me siento yo. Te fuiste, y me
falta todo.
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