lunes, 25 de mayo de 2015

Cuando pase el temblor

Y ahora que todo está viento en popa, que me gusta lo que está pasando y estoy feliz con lo que me rodea. Con mis cosas, con mi vida. Ahora que soy, o estoy empezando a ser todo lo que siempre quise, me encuentro llena de miedo e inseguridad, de incertidumbre.
Pero hay algo que prevalece y es esta  sensación de éxito, de estar en el camino correcto, en el que tengo que estar.

Después de la tormenta, la caída y el sufrimiento. De los tobillos rotos, de caminar aunque dolía, estoy parada de nuevo. Y más fuerte que nunca.

Pude. No significa que haya terminado, que ya no tenga que pelear más por lo que quiero, pero ahora tengo la certeza de algo que quizás sospechaba, que presentía. Nada me va a sacar de mi camino por más que me tiemblen las piernas y quiera abandonar, porque ya me pasó una vez, de la peor forma que creía que podía pasarme, y sin pensar, casi sin darme cuenta, fui saliendo. A veces sola, a veces acompañada.

Primero haciendo cualquier cosa con tal de no mirar atrás. Después, empezando a buscar cosas para hacer que de verdad me gustaran y me hicieran sentir bien. Mi vida empezó a ir mucho más rápido que mi cabeza, yo hacía en vez de pensar. Dije a cada oportunidad que se me cruzó por delante que sí, sin pensar mucho en la conveniencia. Mi principio general fue “todo ayuda y cualquier cosa es mejor que esto”.

Hasta que sin darme cuenta me encuentro acá, permitiéndome frenar un poco. Con proyectos que alguna vez soñé y que ahora, aunque no lo pueda creer, estoy viendo crecer y concretarse. Con camino recorrido, con experiencias que ya no me saca nadie.

Y no sé a dónde irán a parar todos estos sueños, pero estoy teniéndolos de nuevo. No sé si se concretará todo lo que anhelo, pero sé que no es el fin del mundo. Y que si no se da ahora es porque no tiene que darse, pero siempre hay oportunidades, siempre se puede salir de la peor escena por más que las lágrimas no te dejen ver. Está en uno no dejarse caer. Está en uno dejar pasar el temblor.


sábado, 21 de marzo de 2015

Spaghetti del rock

Cómo puede seguir doliendo tanto. Después de todo lo que hice y hago para olvidarme, para poner la cabeza en otra cosa. Después de tanto esfuerzo, sigue doliendo, sigue pinchando. Me sigo acordando.
Ya no lloro. No es que me trague las lágrimas, simplemente hace rato  dejaron de caer. Será que después de tanto tiempo lo asumí. Es increíble cómo pasa el tiempo. Pensar la cantidad de cosas que hice para pasarlo lo mejor posible, y la verdad es que la venía pisteando como una campeona, pero lo tuve que ver. Memoria hostil de un tiempo de  paz, sin paz.
Un amigo una vez me dijo que cada suspiro es un beso que no se da. Lo patético, o mejor dicho lo frustrante de todo esto, es que los últimos días me los pasé suspirando: en el colectivo, en el trabajo, en la facultad, en la ducha, en la cama. No creo que él haya suspirado una sola vez por mí.
Es muy difícil entender cómo una persona puede estar tan íntima y totalmente metida en tu vida y de golpe desaparecer. Y en mi caso es esa la palabra perfecta, porque desapreció. No supe más nada de él de un día para el otro y estuve así por muchos meses. Y ahora verlo fumar un pucho, la misma marca de puchos, con el pelo más largo y la barba un poco crecida, me resulta terrible.
Porque es él, pero no lo conozco. Lo conozco de pies a cabeza y a la vez no tengo idea de quién es. Y él también me conoce a mí, pero hacemos de cuenta que no. ¿Estará mal que nos miremos? Si ya no me ama, ¿me odia? No es que le quiera hablar, la costumbre ya la perdí. Pero a veces tengo frío, me siento sola y extraño que alguien me acompañe. Que alguien que me guste tanto y que quiera tanto como lo quise a él me acompañe.

Lo único que me salva es que me quiero más a mí.