Y ahora que todo está viento en popa, que me
gusta lo que está pasando y estoy feliz con lo que me rodea. Con mis cosas, con
mi vida. Ahora que soy, o estoy empezando a ser todo lo que siempre quise, me
encuentro llena de miedo e inseguridad, de incertidumbre.Pero hay algo que prevalece y es esta sensación de éxito, de estar en el camino correcto, en el que tengo que estar.
Después de la tormenta, la caída y el
sufrimiento. De los tobillos rotos, de caminar aunque dolía, estoy parada de
nuevo. Y más fuerte que nunca.
Pude. No significa que haya terminado, que ya
no tenga que pelear más por lo que quiero, pero ahora tengo la certeza de algo
que quizás sospechaba, que presentía. Nada me va a sacar de mi camino por más
que me tiemblen las piernas y quiera abandonar, porque ya me pasó una vez, de
la peor forma que creía que podía pasarme, y sin pensar, casi sin darme cuenta,
fui saliendo. A veces sola, a veces acompañada.
Primero haciendo cualquier cosa con tal de no
mirar atrás. Después, empezando a buscar cosas para hacer que de verdad me
gustaran y me hicieran sentir bien. Mi vida empezó a ir mucho más rápido que mi
cabeza, yo hacía en vez de pensar. Dije a cada oportunidad que se me cruzó por
delante que sí, sin pensar mucho en la conveniencia. Mi principio general fue “todo
ayuda y cualquier cosa es mejor que esto”.
Hasta que sin darme cuenta me encuentro acá, permitiéndome
frenar un poco. Con proyectos que alguna vez soñé y que ahora, aunque no lo
pueda creer, estoy viendo crecer y concretarse. Con camino recorrido, con experiencias
que ya no me saca nadie.
Y no sé a dónde irán a parar todos estos
sueños, pero estoy teniéndolos de nuevo. No sé si se concretará todo lo que
anhelo, pero sé que no es el fin del mundo. Y que si no se da ahora es porque
no tiene que darse, pero siempre hay oportunidades, siempre se puede salir de
la peor escena por más que las lágrimas no te dejen ver. Está en uno no dejarse caer. Está en uno dejar pasar el temblor.


