
Ana le dice a su gato “estoy triste”, esperando una respuesta, movimiento de patita, “rrr” oalgo; pero éste lo único que hace
es levantarse e irse sin emitir sonido alguno.
Tendrías que comprarte una tortuga, Ana. De las tortugas no podés esperar nada, o mejor un caracol que por lo menos va dejando un caminito de baba por el piso, así te da algo que hacer, ir atrás de él con un trapito. Y los caracoles no se van, no te dejan como él.
Pero Ana sigue en el piso, con el brazo estirado, como si el gato
estuviera ahí para seguir acariciándolo.
Se pone a pensar en todas las cosas que hizo con él, las miradas cómplices, las tardes de amor en el banquito de la plaza, el día que conoció a sus suegros, el viaje a Suiza, los tres hijos y tantas otras cosas que nunca pasaron.
Empieza a sentir frío en la espalda, y se acuerda que está tirada en el piso, entonces se levanta de una vez por todas y suspira enojada con la vida.
Mientras hace los fideos come zucaritas con leche y mira su reflejo en la ventana de la cocina, es de noche y hace frío. En eso reaparece su gato, sintió el olor a leche, y se queda mirándola como asumiendo que ella le tiene que dar. Se miran unos segundos, minutos por ahí, y de puro vengadora que es le dice a Pelusa -¿Querés leche? ¿Eh? Acá tenés leche!. Y lo salpica con la cuchara. El gato se va, ofendido, y Ana se da cuenta de que está hablando sola y se ríe. Después se da cuenta de que se está riendo sola y se asusta.
La soltería te está haciendo mal, Ana. Tus ganas de llorar son de miedo a pasar lo mismo una y otra vez. Y con la angustia no se puede hacer nada, sirve para hacerte acordar que estás viva, y que sentís como todo ser humano, y que se te están pasando los fideos.
Ana apaga el fuego rapidísimo y le saca la tapa a la cacerola, se quema con el agua del vapor y odia todo. Ella sabe que en estos momentos lo peor que puede hacer es poner el CD de Serrat, pero lo pone igual, y llora como siempre.
Esa noche duerme abrazada de Pelusa.
(Hechos verídicos)
Se pone a pensar en todas las cosas que hizo con él, las miradas cómplices, las tardes de amor en el banquito de la plaza, el día que conoció a sus suegros, el viaje a Suiza, los tres hijos y tantas otras cosas que nunca pasaron.
Empieza a sentir frío en la espalda, y se acuerda que está tirada en el piso, entonces se levanta de una vez por todas y suspira enojada con la vida.
Mientras hace los fideos come zucaritas con leche y mira su reflejo en la ventana de la cocina, es de noche y hace frío. En eso reaparece su gato, sintió el olor a leche, y se queda mirándola como asumiendo que ella le tiene que dar. Se miran unos segundos, minutos por ahí, y de puro vengadora que es le dice a Pelusa -¿Querés leche? ¿Eh? Acá tenés leche!. Y lo salpica con la cuchara. El gato se va, ofendido, y Ana se da cuenta de que está hablando sola y se ríe. Después se da cuenta de que se está riendo sola y se asusta.
La soltería te está haciendo mal, Ana. Tus ganas de llorar son de miedo a pasar lo mismo una y otra vez. Y con la angustia no se puede hacer nada, sirve para hacerte acordar que estás viva, y que sentís como todo ser humano, y que se te están pasando los fideos.
Ana apaga el fuego rapidísimo y le saca la tapa a la cacerola, se quema con el agua del vapor y odia todo. Ella sabe que en estos momentos lo peor que puede hacer es poner el CD de Serrat, pero lo pone igual, y llora como siempre.
Esa noche duerme abrazada de Pelusa.
(Hechos verídicos)
