Ya no
lloro. No es que me trague las lágrimas, simplemente hace rato dejaron de
caer. Será que después de tanto tiempo lo asumí. Es increíble cómo pasa el
tiempo. Pensar la cantidad de cosas que hice para pasarlo lo mejor posible, y
la verdad es que la venía pisteando como una campeona, pero lo tuve que ver.
Memoria hostil de un tiempo de paz, sin paz.
Un amigo
una vez me dijo que cada suspiro es un beso que no se da. Lo patético, o mejor
dicho lo frustrante de todo esto, es que los últimos días me los pasé
suspirando: en el colectivo, en el trabajo, en la facultad, en la ducha, en la
cama. No creo que él haya suspirado una sola vez por mí.
Es muy
difícil entender cómo una persona puede estar tan íntima y totalmente metida en
tu vida y de golpe desaparecer. Y en mi caso es esa la palabra perfecta, porque
desapreció. No supe más nada de él de un día para el otro y estuve así por
muchos meses. Y ahora verlo fumar un pucho, la misma marca de puchos, con el
pelo más largo y la barba un poco crecida, me resulta terrible.
Porque es
él, pero no lo conozco. Lo conozco de pies a cabeza y a la vez no tengo idea de
quién es. Y él también me conoce a mí, pero hacemos de cuenta que no. ¿Estará
mal que nos miremos? Si ya no me ama, ¿me odia? No es que le quiera hablar, la
costumbre ya la perdí. Pero a veces tengo frío, me siento sola y extraño que
alguien me acompañe. Que alguien que me guste tanto y que quiera tanto como lo
quise a él me acompañe.

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