domingo, 3 de julio de 2016

El country de la soledad

Escucho la lluvia cayendo con fuerza, la miro de reojo. Veo cómo se inunda la calle, mitad de asfalto, mitad de tierra; las lavandas se mueven de un lado a otro con el viento al igual que las copas de los árboles más altos. Es hermoso el bosque. Las nubes grises ya no se distinguen porque ahora todo el cielo es de un gris uniforme y brillante, plateado. Se escuchan los pájaros, unos cantando más lejos y otros sobre mi ventana, y lo único que quisiera es que el día se quede así para siempre. Que la lluvia siga cayendo con la misma intensidad y que haga el mismo ruido. Que los árboles y la tierra tengan el mismo olor y que sea domingo a la tarde toda la semana. Pero quizás lo que hace que me guste tanto es que sé, sabemos, que va a parar.

Me detengo. La lluvia va perdiendo su fuerza, de a poco para, y empieza a parecerme un recuerdo. Me pregunto si existirá algo eterno, una sensación eterna, un sentimiento. Si algo puede ser tan real que no termine nunca.

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